Jesús en tu hogar

¿Sabes lo que es construir una casa, trabajar un día tras otro hasta la media noche? Esa ha sido mi actividad la pasada semana: hacer reformas en la casa. Agotador. Tras ello, ayudé a una familia a hacer su mudanza… un sinfín de cosas y cajas de aquí para allá, que deja a uno exhausto.

Pensé entonces en el Salmo 127:1, que dice: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican…” A primera vista parece más bien causa de desánimo. Se diría que el Señor no aprecia nuestro esfuerzo. Pero leyéndolo atentamente, descubrimos ahí buenas nuevas: De hecho, el Señor ¡está edificando tu “casa”, si no se lo impides! La “casa” significa el “hogar”, pues todos sabemos que el más bello palacio de este mundo es una solitaria prisión en ausencia del amor de la familia.

Ese bello salmo nos informa de que el Señor está por la labor de darnos a ti y a mí esa luz y calor. Dice el versículo 2 (Vers. Dios habla Hoy) que Dios hace provisión para sus amigos mientras duermen: “De nada sirve trabajar de sol a sol y comer un pan ganado con dolor, pues Dios lo da a sus amigos mientras duermen”. Eso no es una invitación a la indolencia. Solamente un fanático podría leerlo de ese modo. Cooperamos ciertamente con el Señor.

Un matrimonio feliz y un hogar lleno de amor es algo que el Señor construye. Eso es lo que el texto dice. Dios quiere que gocemos de ese maravilloso don en la tierra, un hogar estable y feliz. Permitimos que Él lo “construya”. Su Espíritu Santo, día tras día, noche tras noche, va colocando aquí un ladrillo, allí una piedra, en aquel lugar una viga…, en esa “casa”, ya que Él está constantemente convenciéndonos de pecado, del pecado de ceder a ese egoísmo que se quiere interponer en el camino.

Esa bendita restauración depende de que sea sometido el yo, de que el yo sea crucificado con Cristo. Si mostramos rigidez en nuestra vindicación del yo, si el yo es ese tipo de carne orgullosa que no puede ser tocada sin ofenderse y protestar, el Salvador, sencillamente, no puede edificar nuestra “casa”.

Alguien dirá que le parece muy difícil hacer que el yo esté crucificado, sometido. Identifícate con Cristo en la cruz, y se vuelve fácil.

Recientemente he conocido la historia de una familia enemistada por más de veinte años, que ha conocido el dulce sabor de la reconciliación que restaura. Alabado sea el Señor. Es un ejemplo de cómo construye nuestra “casa”. No nos interpongamos en su camino, no se lo impidamos. Permitamos que obre “el Dios que hace habitar en familia los solos” (Sal. 68:6).


Autor: R. J. Wieland

Fuente: http://www.libros1888.com/mdv.htm

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