El sellamiento


La levadura de la piedad no ha perdido todo su poder. En el tiempo en que son mayores el peligro y la depresión de la iglesia, el pequeño grupo que se mantiene en la luz estará suspirando y clamando por las abominaciones que se cometen en la tierra. Pero sus oraciones ascenderán más especialmente en favor de la iglesia, porque sus miembros están obrando a la manera del mundo.

No serán vanas las oraciones de estos pocos fieles. Cuando el Señor salga como vengador, vendrá también como protector para todos aquellos que hayan conservado la fe en su pureza y se hayan mantenido sin mancha del mundo. Será entonces el tiempo que Dios prometió vengar a sus escogidos que claman día y noche, aunque sea longánime con ellos.

La orden es: “Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y ponles una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella” (Eze. 9:4). Estos que suspiran y lloran han estado ofreciendo palabras de vida; han reprendido, han aconsejado y suplicado. Algunos de los que han estado deshonrando a Dios, se han arrepentido y humillado su corazón delante de él. Pero la gloria del Señor se ha apartado de Israel. Aunque muchos perseveraban en las formas de la religión, faltaba el poder de la presencia de Dios.

En el tiempo en que su ira se manifieste con castigos, estos humildes y consagrados discípulos de Cristo se diferenciarán del resto del mundo por la angustia de su alma, expresada en lamentaciones y lloros, reproches y amonestaciones. Mientras que otros procuran arrojar un manto sobre el mal existente, y excusar la gran impiedad que prevalece por doquier. Los que tienen celo por el honor de Jehová y amor por las almas no callarán para obtener el favor humano. Sus almas justas se afligen día tras día por las obras y conversaciones de los impíos. Son impotentes para detener el torrente de la iniquidad, de allí que se llenen de pesar y alarma. Lloran delante de Dios al ver la religión despreciada en los mismos hogares de aquellos que han tenido gran luz. Se lamentan y afligen sus almas porque en la iglesia hay orgullo, avaricia, egoísmo y engaño de casi toda clase. El Espíritu de Dios que inspira la reprensión, es pisoteado, mientras triunfan los siervos de Satanás. Dios queda deshonrado, la verdad anulada.

Los que no sienten pesar por su propia decadencia espiritual ni lloran sobre los pecados ajenos, quedarán sin el sello de Dios. El Señor ordena a sus mensajeros, los hombres que tienen las armas de matanza en la mano: “Pasad por la ciudad en pos de él, y herid; no perdone vuestro ojo, ni tengáis misericordia. Matad viejos mozos y vírgenes, niños y mujeres, hasta que no quede ninguno: mas a todo aquel sobre el cual hubiere señal, no llegaréis; y habéis de comenzar desde mi santuario. Comenzaron desde los varones ancianos que estaban delante del templo” (Eze. 9:5, 6).

Aquí vemos que la iglesia, el santuario del Señor, era la primera en sentir los golpes de la ira de Dios. Los ancianos, aquellos a quienes Dios había brindado gran luz, que se habían destacado como guardianes de los intereses espirituales del pueblo, habían traicionado su cometido. Habían asumido la actitud de que no necesitamos esperar milagros ni la señalada manifestación del poder de Dios como en tiempos anteriores. Los tiempos han cambiado. Estas palabras fortalecen su incredulidad, y dicen: El Señor no hará ni bien ni mal. Es demasiado misericordioso para castigar a su pueblo. Así que el clamor por paz y seguridad es dado por hombres que no volverán a elevar la voz como trompeta para mostrar al pueblo de Dios sus pecados. Estos perros mudos que no querían ladrar, son los que sienten la justa venganza de un Dios ofendido. Hombres, jóvenes y niñitos, todos perecen juntos.

Las abominaciones por las cuales suspiraban y lloraban, eran todo lo que podían discernir los ojos finitos; pero los pecados mucho peores, los que provocaron los celos del Dios puro y santo, no estaban rebelados. El gran Escrutador de los corazones conoce todo pecado cometido en secreto por los obradores de iniquidad. Estas personas llegan a sentirse seguras en sus engaños, y a causa de la longanimidad del Señor dicen que no ve, y luego actúan como si hubiese abandonado la tierra. Pero él descubrirá su hipocresía, y revelará a otros estos pecados que ellos ocultaban con tanto cuidado.

Fuente:
Elena G de White. Testimonios para la Iglesia, tomo 5, capítulo: “El Sellamiento”, párrafos 9-15.


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